Artículos · Cómo trabajo con IA

¿Hasta dónde llega la memoria de tu IA?

Se acuerda de ti, de tus preferencias y estilos. Pero ¿sabe por qué continuaste con aquel proveedor?

Por Jesús Ortega Martínez 27 de julio de 2026 5 min de lectura LinkedIn

Abro sesión y me saluda sabiendo cosas de mí. Que vivo en Málaga. Que no soporto que me haga la pelota. Que los trabajos largos los hago en turnos. Todo correcto, lo mío.

Gozoso para los ojos, irrelevante para lo que vale dinero.

Había una cosa de la que no se acordaba: unos días antes yo había matado un objetivo. Uno que había fijado yo mismo, con toda la intención, cuarenta y ocho horas antes de cargármelo — cambió el criterio, cambió la decisión, y eso pasa. La máquina, que sabía perfectamente que soy de Málaga, seguía proponiéndome trabajo para un objetivo muerto.

Lo que llamamos memoria no es memoria. Es un expediente sobre mí. Guarda quién soy, cómo me gustan las cosas, de qué hablo a menudo. Lo que no guarda —lo que ni siquiera está diseñado para guardar— es en qué punto está cada cosa. El estado. Y gestionar es, casi sólo, saber el estado de las cosas.

Es el asunto que dejé abierto la última vez. Conté que el truco no era el modelo sino ponerle delante la carpeta del caso antes de que abra la boca. Sigue siendo verdad. Lo que no conté es que hay que ponérsela otra vez mañana. Y pasado.

Y que conste que esto ya no es la queja de hace tres años: ahora tienen memoria, y funciona. Se acuerdan de mi tono, de mis manías, de los temas que más repito. De en qué punto está nada, ni una palabra. Está construida para personalizar, que es un oficio distinto del de dirigir.

Y viene con factura. Todo el trabajo serio con estas máquinas consiste en controlar qué entra en la conversación y qué no; una memoria que se llena sola decide eso por su cuenta, con lo que se le quedó de una charla de hace tres meses. Es cómoda precisamente porque no la gobierno. Y no la gobierno.

Ahora contra mí, que si no me autocritico no soy yo mismo...

Para la mayoría de los usos, esa memoria es una mejora buenísima. Que la máquina se acuerde de cómo quiero el formato, de que no me valen las respuestas de folleto, de que trabajo en castellano y con cifras reales, me ahorra tiempo todos los días. No lo discuto y no pienso apagarlo. Para conversar, para redactar, para pensar en voz alta, esa continuidad blanda es cómoda y suficiente.

El problema aparece cuando lo que hay encima de la mesa no es una conversación, sino un proyecto vivo.

Porque en una sesión de trabajo hay de todo: ocurrencias, un borrador que no sirve, tres opciones de las que se descartan dos, un dato que luego resultó falso y, al final, si hay suerte, una decisión. Un expediente que mete todo eso en el mismo saco no es memoria de dirección: es un cajón de sastre. Y un cajón de sastre no distingue lo que se dijo de lo que se decidió, que es exactamente la distinción por la que a uno le pagan.

Se me ocurrió lo obvio, claro. Si no se acuerda, se lo meto todo cada vez. Ahí me estrellé.

Estas máquinas no leen con la misma atención de principio a fin lo que uno les pone delante. Lo del principio y lo del final lo aprovechan; lo que queda por el centro se les difumina. Y no hace falta saturarlas para que empeoren: basta con colarles dos o tres cosas que no vienen al caso para que la respuesta baje de calidad. El modelo gasta una especie de presupuesto de atención, y cada cosa que entra se lleva su pellizco.

Lo probé una noche. Medí lo que me cuesta arrancar un proyecto ya maduro: unos veintiocho mil tokens —llamémoslo el peso de todo lo que le pongo delante para empezar a trabajar—, y casi la mitad era el diario de sesiones. El fichero que más crecía era justamente el que menos falta hacía entero.

El sistema no se rompe por llenarse. Se rompe por hacer ruido mucho antes de llenarse.

Así que el trabajo no es acordarse. El trabajo es decidir qué se le pone delante y qué no.

Lo mío, y de verdad que no es promesa de chamán, es viejo y aburrido, pero funciona: el estado vive fuera de la máquina.

Yo no tengo mejor memoria que nadie: tengo lo decidido escrito, fechado y separado de lo hablado. Auditable, que es la palabra que de verdad importa. Y ahí está el multiplicador: no cobrar más por hora, sino cobrar lo mismo por lo que antes me llevaba una tarde y ahora despacho en un rato.

Cuando me da por presumir de esto, me frena la comparación fácil. Alguien dirá que se parece a un ERP. No se parece, y la comparación me favorece de más: un ERP tiene esquema, permisos, integridad y validaciones, y si uno no cierra, le obliga. Lo mío es texto en prosa, un solo usuario, y la integridad es mi disciplina, no una restricción del sistema. Se parecen en la intención. En la solidez, nada.

Y ya puestos, hace unas semanas le pedí a la máquina que juzgara todo esto sin adularme (de nuevo, tengo el vicio de buscarme errores o cosas en las que mejorar). Me contestó tres cosas que me molestaron tanto como me gustaron:

Me he dejado la peor para el final, y sé que además es el origen de mi siguiente pieza del método: el riesgo real de que el gobierno sobre el trabajo acabe comiéndose el trabajo. Las cuatro son ciertas.

Las dejo escritas porque un artículo donde el método del que firma sale impecable no vale nada.

La amnesia, al final, no es de mi IA. Ella nunca prometió acordarse de mis cosas: le pusieron una memoria para que me cayera mejor y no dejara de pagar mi suscripción, y en eso cumple. El que tiene que saber en qué punto está cada decisión, y por qué se tomó, y qué la derogó, es el que decide.

Así que sí: la máquina se acuerda de mí. De que vivo en Málaga y de que no me gusta que me haga la pelota.

De lo que decidimos el jueves me acuerdo yo. Por escrito, con fecha, y donde ella pueda leerlo.

Nota de transparencia

Que para eso va esta serie de artículos: esto lo he pensado yo y lo ha redactado una IA bajo mi supervisión.

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