Artículos · Cómo trabajo con IA

IA ≠ zona de confort

La zona de confort ya no es un sitio al que volver: se mueve. Perseguirla es el error.

Por Jesús Ortega 26 de agosto de 2026 5 min de lectura LinkedIn

Hace casi seis meses monté la primera versión de mi método. Desde entonces he perdido la cuenta de cuántos proyectos he creado, cuántas líneas he reescrito en las instrucciones que los gobiernan, cuántas veces he cambiado, y cambiado, y vuelto a cambiar. Y mientras yo cambiaba lo mío, la gente de Anthropic habrá publicado decenas de actualizaciones de su software. No hablo del modelo de lenguaje, que también: seis o siete versiones en lo que va de año. Hablo de la interfaz. Que fusionen la aplicación web con la de escritorio. Que un icono cambie de sitio. Que las carpetas ya no se conecten desde donde se conectaban. Que los conectores funcionen distinto. Que las respuestas lleguen con otro formato.

Y, salvo que yo sea tan tonto de no haberlo encontrado, nadie publica las instrucciones de cada versión nueva. No hay manual que estudiarse. No da tiempo ni a escribirlo.

La conclusión es sencilla y no es cómoda: trabajar con IA es un ciclo continuo de aprendizaje. Y eso no rompe una rutina. Rompe algo más profundo: el mecanismo de la zona de confort.

A mí me gusta el marco. Me gusta establecer una metodología, una forma de trabajar, y sentirme bien dentro. Psicológicamente es eso, un círculo de confort: una superficie fija sobre la que uno se mueve con soltura. Y desde ahí, salidas. Pequeñas incursiones a la zona de no confort, que es donde todo el mundo sabe que se aprende, donde uno es creativo, donde pasan las cosas. Salgo cuando quiero, del tamaño que quiero, el tiempo que quiero. Y vuelvo. El círculo no se mueve; el que se mueve soy yo.

Con la IA ese mecanismo no funciona. Primero, por tamaño: la zona de confort que deja la IA es, no sé, diez veces más pequeña que la que cualquiera de nosotros maneja en su trabajo. Pero lo del tamaño es lo de menos. Lo grave es que se mueve. Se mueve sin avisar, sin preguntar y sin esperar. Y entonces el mecanismo se invierte: ya no soy yo el que decide salir del círculo; es el círculo el que se va, y yo el que corre detrás intentando quedarme dentro. Esa es la paradoja. Y perseguirla, sospecho, es el error conceptual.

Tengo un amigo piloto que tiene en su casa un simulador a escala 1:1, con el panel de un avión replicado casi entero. Un día me sentó a pilotar y me dio la instrucción más simple del mundo: llevar la palanca de forma que un punto se mantuviera en el cruce de dos líneas. Solo eso. El punto no se está quieto jamás. Se escapa hacia arriba, hacia abajo, a los lados. Y muchas veces se corrige al revés: lo que se ve irse a la derecha se recupera moviendo a la izquierda. Dificilísimo. Pues trabajar con IA se parece muchísimo a esa sensación: un punto pequeño, en movimiento, que exige corrección continua y a veces contraintuitiva.

Pero insisto: creo que perseguir el punto es equivocarse de problema. La alternativa no es afinar la puntería. Es aceptar que no vamos a estar en zona de confort. Nunca. Que trabajar con IA, evolucionar con ella, es disconfort absoluto todo el tiempo: adaptación continua, aprendizaje continuo.

Y eso tiene un precio que conviene decir en voz alta, porque nadie regala nada. La zona de confort nos hace eficientes por una razón concreta: repetimos procesos. Lo que hicimos ayer sirve hoy, y mañana, y la eficiencia se acumula. Con la IA casi nunca vamos a poder repetir un proceso. Lo sé porque lo he intentado. Cada vez que el círculo se ha movido y he querido replicar encima el proceso que ya me funcionaba, he perdido más tiempo y más energía mental adaptando lo viejo que construyendo de nuevo con la herramienta del día.

Replicar lo de ayer sobre la herramienta de hoy cuesta más de lo que ahorra.

Cuesta tiempo, cuesta eficiencia y cuesta un consumo de cabeza que no sale en ninguna factura.

Ethan Mollick escribió en Co-inteligencia algo que me pareció una regla de higiene mental: dar por hecho que la IA con la que trabajamos hoy es la peor que vamos a conocer. La de mañana será mejor. La de pasado, mejor aún. Visto así, el disconfort no es una fase que haya que atravesar hasta que esto se estabilice. Es la condición permanente. No va a haber un momento en que el círculo pare de moverse y podamos por fin instalarnos.

Entonces la pregunta cambia. Ya no es cómo vuelvo a mi zona de confort. Es cómo soy eficiente dentro del disconfort. Cómo doy cada día el mejor resultado posible con las herramientas que hay ese día, aceptando que lo que monte hoy no será escalable, ni replicable, ni reproducible para siempre. Sin frustración. La frustración viene de esperar que esto se comporte como el software de antes, que se aprendía una vez y se amortizaba durante años. No se va a comportar así.

Quizá esta reflexión sea un pasito más de lo que yo llamo pensar en IA. Porque a lo mejor la conclusión es que ya no va a haber métodos. Que lo que yo llamo mi método, en realidad, no lo es: no es un procedimiento, no es una lista de pasos que se pueda empaquetar y repetir. Es una forma de pensar. Y una forma de pensar no se estandariza; se practica. La IA sabrá hacer una tortilla de patatas el día que sepamos pedírsela. Mientras tanto, lo único que se puede entrenar no es la herramienta, que cambia sola cada semana. Somos nosotros. Aprendamos a pensar en IA.

Nota de transparencia

Que para eso va esta serie de artículos: esto lo he pensado yo y lo ha redactado una IA bajo mi supervisión.

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