Artículos · Cómo trabajo con IA

¿Te avergüenza decir que usas IA en tu trabajo?

El valor está en el criterio, no en las horas.

Por Jesús Ortega Martínez 11 de junio de 2026 6 min de lectura LinkedIn

Durante mis primeros meses usando inteligencia artificial le pedía que cometiera faltas cuando iba a entregar algo: una tilde mal puesta aquí, una coma de más allá, algún giro un poco torpe a propósito. Quería que el texto pareciera salido de mi mano humana y no de una máquina. Me daba vergüenza que se notara. Hoy hago justo lo contrario: cuando puedo decir que algo lo he hecho con IA, lo digo.

Entre esas dos posturas creo que hay un miedo, y no es solo mío. No es miedo a usar una herramienta; puede parecer miedo a que se note, pero ni siquiera es eso: es miedo a que piensen que no seríamos capaces de hacerlo sin ella. Es gracioso, porque a nadie le da vergüenza usar un martillo para clavar un clavo. Damos por hecho que lo que entregamos vale menos si se sabe que hubo una IA detrás, y esa sospecha descansa sobre una creencia obsoleta: seguimos anclados en que el valor nace de la mano, del esfuerzo, de las horas. De lo artesanal.

Walter Benjamin le puso nombre a esto hace casi un siglo. En 1936, en La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, escribió que la obra tiene un "aura": la singularidad de lo hecho una sola vez, aquí, por estas manos y no otras. Lo reproducible, lo que sale de una máquina, pierde esa aura. Benjamin hablaba de la fotografía y el cine, pero el reflejo es exactamente el de hoy: si lo tocó una máquina, perdió el alma. Le quitamos el aura y, con ella, el valor.

El problema es que esa intuición, por arraigada que esté, es económicamente falsa. Y no lo digo de oídas. Durante un siglo la economía clásica —Adam Smith, Ricardo, después Marx— defendió la teoría del valor-trabajo: una cosa vale por el trabajo incorporado en ella. Cuantas más horas, más valor. Suena a sentido común. Pero en 1871 Carl Menger, y con él toda la escuela marginalista, lo desmontó: el valor no está en lo que metes para producir algo, sino en lo que vale para quien lo recibe. Menger lo dejó por escrito: no hay ninguna conexión necesaria entre el valor de un bien y la cantidad de trabajo empleada en hacerlo. El esfuerzo no crea valor. Lo crea la utilidad, el criterio, lo que la cosa resuelve.

Y si esto es así, ¿por qué seguimos midiendo en horas? Porque tenemos un sesgo, y está estudiado. Los psicólogos lo llaman effort heuristic, el atajo del esfuerzo: Kruger y sus colegas demostraron en 2004 que valoramos más un poema, un cuadro o una armadura medieval con solo decirnos que costaron mucho trabajo, aunque el objeto sea idéntico. Tiene un primo cercano, la labor illusion que estudiaron Buell y Norton en Harvard: pagamos más por un servicio cuando vemos el trabajo detrás, hasta el punto de preferir esperar a que una web "busque" aunque ya tenga la respuesta lista. No siempre valoramos el resultado. Valoramos el sudor que creemos ver. Es una vieja costumbre de nuestra cabeza, no una ley del mundo.

Ahora viene la parte incómoda, la que no me puedo saltar. Y enfrentarla de frente es, creo, lo que da valor a lo que defiendo. Hay un estudio reciente —Schilke y Reimann, trece experimentos titulados sin rodeos El dilema de la transparencia— que demuestra algo que me molesta: cuando alguien revela que ha usado IA, los demás confían menos en él. No es paranoia mía, está medido. La gente interpreta que hubo menos juicio humano, menos criterio, y por eso desconfía. Así que mi decisión de decirlo en voz alta tiene un coste real.

Y aun así lo sigo diciendo, por dos razones. La primera: esconderlo es peor. Si lo ocultas y se descubre, el golpe a la confianza es mayor que si lo hubieras dicho desde el principio. Esconderse no elimina el riesgo, lo aplaza y lo agrava. La segunda es la de fondo: esa desconfianza nace de suponer que no hubo criterio. Y el criterio —el mío— es justo lo único que de verdad importa. Un orfebre no vale por las horas que pasa encorvado: vale porque sabe, porque tiene oficio, porque su mano está educada por años de decisiones. El que teje cestas a mano no cobra el tiempo, cobra la pericia. El valor nunca estuvo en las horas. Estuvo en el saber hacer.

Y hay un paso más, que aprendí en San Telmo: el oficio maduro no es saber hacer, es saber hacer hacer. Un directivo no vale por las horas que pasa con las manos en la masa, sino por dirigir con criterio el trabajo de otros y responder de él. Trabajar con IA es exactamente eso: no delegar para desentenderse, sino hacer hacer y responder del resultado en primera persona.

Un trabajo hecho con IA puede, y debería siempre, tener exactamente ese criterio. Estos artículos los escribo con IA, sí. Y un informe para un cliente, una due diligence, un cuadro de mando: también. Pero soy yo quien decide la tesis, quien descarta lo que no suena a mí ni le sirve al cliente, quien corrige hasta que el texto dice lo que quiero decir y no otra cosa. La máquina pone velocidad y músculo. El criterio, el contexto y la responsabilidad los pongo yo. Y mientras eso sea verdad, el resultado no vale menos por llevar IA. Vale por lo que dice y por quién responde de ello.

Por eso hace tiempo que no me escondo. No por valentía, sino por coherencia: si defiendo que el valor está en el criterio y no en el esfuerzo, ocultar la herramienta sería darle la razón al paradigma que estoy negando. Quien esconde que usa IA casi siempre está escondiendo otra cosa: que no está seguro de lo que entrega. Y esa inseguridad sí resta valor. No la herramienta. La inseguridad. Por eso lo firmo: hecho con IA, y con mi criterio. Las dos cosas a la vez, y sin pedir perdón por ninguna.

Nota de transparencia

Que para eso va el artículo: esto lo he pensado yo y lo ha redactado una IA conmigo encima. Las cinco fuentes de abajo las localizó la máquina en un rato; yo comprobé que existieran y que dijeran lo que digo que dicen. Si algo chirría, es cosa mía: la IA pone el músculo, yo pongo la cara.

Fuentes
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